El resentimiento provoca un paulatino deterioro físico, mental y social. El Síndrome de Diógenes es una posible metáfora para entender sus efectos.
Algunos especialistas en salud mental llaman a la compulsión de juntar basura, de cualquier tipo: cartones, revistas, diarios, papeles, bolsas, metales y todo lo que otros botan, como el Síndrome de Diógenes.

Se dice que este síndrome afecta especialmente a personas adultas y materialmente desposeídas. Leopoldo Salvarezza, psicogerontólogo explica que las personas afectadas por esta situación: “En general acumulan papeles, diarios, cartones, y en algunos casos hasta acumulan dinero, que lo tienen guardado en lugares inverosímiles dentro de la casa. Esta acumulación de cosas, la mayoría inútiles, está mostrando un déficit del mundo interno, agujeros que estas personas no pueden llenar, y que los lleva a juntar cosas que sienten como pertenencias”.

Acumular basura puede ser peligroso no sólo por la posibilidad de enfermarse, sino además, porque es campo propicio para el surgimiento de plagas de animales e insectos y porque en caso de algún incendio es un combustible apto para producir un desastre.

Una persona sana no acumula basura. Los desperdicios se dejan en el basurero y se permite que los encargados de esa tarea se lleven lo que se ha desechado. No se hace duelo por la basura que se tira ni obsesivamente se recuerda lo que ha sido dejado en el tacho de los desperdicios.
Una metáfora del resentimiento

El resentimiento es un malestar que se va enquistando en la mente y produce una serie de problemas físicos y mentales y todo esto, tarde o temprano, afecta a las relaciones interpersonales.

Cuando alguien es ofendido por otra persona, tiene dos alternativas posibles. Perdonar y seguir avanzando, o dejarse llevar por el resentimiento al grado que toda su vida comienza a afectarse paulatinamente.

Es como una especie de Síndrome de Diógenes, donde la basura son los agravios acumulados que no se liberan, sino que se van guardando sin permitir que partan, para ser libre. Una persona resentida se convierte en esclavo de sus propias emociones negativas.

No es muy difícil, sólo es necesario acariciar cada ofensa, agravio y ofensa, sin permitir que fluya y se aleje. Se constituye en todo un arte, finalmente, cuando las personas resentidas se esfuerzan por neutralizar la posibilidad de la reconciliación o el alejarse de aquello que los daña, pero, sin dejarse arrastrar por el resentimiento.

Paul Watzlawick en su libro, que lleva el sugestivo título de El arte de amargarse la vida (Barcelona: Editorial Herder, 1989), señala que las personas que tienen el hábito de amargarse, ven el pasado sin los filtros adecuados que da una actitud positiva, al contrario, lo observan como una carga negativa de la cual no se libran.
Efectos del resentimiento

Rick Warren, en su libro Una vida con propósito (Grand Rapids: Zondervan, 2002), señala que: “Muchas personas son conducidas por el resentimiento y el enojo. Se aferran a sus heridas y nunca logran superarlas. En lugar de librarse del dolor que sienten por medio del perdón, lo repiten una y otra vez en sus imaginaciones. Algunas personas que son conducidas por el resentimiento se ‘cierran’ e internalizan su enojo, mientras que otras se ‘inflan’ y explotan cuando están con otros. Ambas reacciones son nocivas e inútiles”.
El resentimiento se convierte en un lastre que termina por hundir la vida. La amargura se instala y se van produciendo ciclos viciosos, puesto que el resentimiento genera relaciones interpersonales difíciles que de un modo u otro colaboran para que la persona se sienta más herida o maltratada.
La liberación

Cuando una persona es ofendida, maltratada, violentada, o afectada de cualquier manera por otro, una opción es sentirse víctima de manera permanente. De hecho, si lo hace, probablemente no será criticada porque se considera dicha actitud como normal.

Sin embargo, lo que aparece como común en el fondo, es parte de un hábito mental mal sano. La inflexibilidad psicológica que padece le impide entender que el resentimiento daña más al que resiente que al que ofende.

Sólo el perdón libera. Perdonar no significa reconciliación, pero al menos libera de cargar permanentemente con sentimientos negativos que tarde o temprano, como una gangrena incontrolable o un cáncer con metástasis, terminarán afectado toda la vida.

El escritor C. S. Lewis en su irónico libro Cartas del diablo a su sobrino (Madrid: Rialp, 1998) señala que finalmente el infierno es “un estado en el que todo el mundo está perpetuamente pendiente de su propia dignidad y de su propio enaltecimiento, en el que todos se sienten agraviados, y en el que todos viven las pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento”. En ese contexto la vida se torna en algo desagradable y con la cual hay que cargar con amargura y temor.
Conclusión

Los seres humanos somos fuertes, pero también podemos tornarnos en débiles, producto de las decisiones que tomamos.

"Los acontecimientos son neutros", nos recuerda el psiquiatra Sergio Peña y Lillo en su libro El temor y la felicidad (Santiago: Universitaria, 1989), es el ser humano el que le asigna sentido. El acumular resentimiento es, a la mente, lo que es el Síndrome de Diógenes, para las casas de quienes padecen de este mal.


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